Hemos disfrutado enormemente de la espectacularidad de sus paisajes, pero lo que nos ha marcado profundamente es la increíble bondad de sus gentes, los tibetanos, y su asombrosa forma de convivir con una situación tan complicada, donde cada vez es más difícil cumplir con costumbres y tradiciones.
Una de nuestras más fieles seguidoras del blog, Marta, nos ha cedido este pedazo de vídeo montado y editado por ella misma. ¡Gracias hermanita!
Este es un pequeño homenaje que desde aquí queremos hacer a esta remota zona del mundo tan olvidada y desconocida por muchos de nosotros.
¡Suerte Tíbet!
Descubrir algunos paises de Asia era algo que teníamos pendiente. El destino ha querido que podamos cumplir este objetivo. ¡Año nuevo, vida nueva!
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sábado, 14 de mayo de 2011
Fauna de Tíbet
En la ciudad de Lhasa, como en cualquier otra ciudad de China, los parques es algo que cuidan con esmero y en ellos habitan todo tipo de patos y peces de colores.
Cerca del río siempre están las gaviotas de diferentes especies al acecho de algún pececillo despistado.
Decenas de abubillas nos hicieron disfrutar un rato en los grandes jardines del Palacio de Verano de los Dalai Lamas.
Durante nuestro trayecto por las montañas dirección Nepal, estuvimos a una media de 4.500 metros de altura, evidentemente la climatología no permite que puedan vivir del cultivo, por ello la mayoría son ganaderos. Cientos de rebaños de ovejas, carneros, vacas y sobretodo yaks habitan las inmensas llanuras del altiplano, siendo los burros y caballos los que ayudan en las tareas domésticas. Los tibetanos tienen la costumbre de adornar a los animales con cintas de colores.
El mejor amigo del hombre aquí siempre va bien abrigado y además le colocan una orla en el cuello a modo de bufanda.
En las zonas húmedas no faltan las aves acuáticas.
Disfrutamos mucho viendo manadas de caballos y burros salvajes campando a sus anchas, también las gacelas se pasean por las alturas. Se nos hace difícil pensar en cual será su alimentación aquí.
El color árido de la tierra permite que algunos animales puedan pasar desapercibidos.
Cerca del río siempre están las gaviotas de diferentes especies al acecho de algún pececillo despistado.
Decenas de abubillas nos hicieron disfrutar un rato en los grandes jardines del Palacio de Verano de los Dalai Lamas.
Durante nuestro trayecto por las montañas dirección Nepal, estuvimos a una media de 4.500 metros de altura, evidentemente la climatología no permite que puedan vivir del cultivo, por ello la mayoría son ganaderos. Cientos de rebaños de ovejas, carneros, vacas y sobretodo yaks habitan las inmensas llanuras del altiplano, siendo los burros y caballos los que ayudan en las tareas domésticas. Los tibetanos tienen la costumbre de adornar a los animales con cintas de colores.
El mejor amigo del hombre aquí siempre va bien abrigado y además le colocan una orla en el cuello a modo de bufanda.
En las zonas húmedas no faltan las aves acuáticas.
Disfrutamos mucho viendo manadas de caballos y burros salvajes campando a sus anchas, también las gacelas se pasean por las alturas. Se nos hace difícil pensar en cual será su alimentación aquí.
El color árido de la tierra permite que algunos animales puedan pasar desapercibidos.
viernes, 13 de mayo de 2011
Carretera de la Amistad
Es el nombre que recibe la ruta que nos llevará hasta la frontera nepalí, atravesando parte del altiplano tibetano y pasando muy cerca de algunas de las cumbres más altas del planeta. La verdad es que hacer este trayecto nos hace una ilusión especial.
La altitud de Lhasa nos ha jugado una mala pasada y hemos tenido dificultades para conciliar el sueño durante la noche, no obstante, a las 6 de la mañana ya estábamos subidos al coche con nuestro guía tibetano y el conductor.
La ruta consta de dos grandes etapas. En la primera, salimos muy temprano de Lhasa y recorreremos cerca de 400Km. hasta la ciudad de Shigatse, aquí pernoctamos. En la segunda etapa, debemos llegar hasta la ciudad de Zhangmu, ya muy cerca de la frontera nepalí.
Nada más salir, de aún una dormida Lhasa, comenzamos a ascender una fuerte pendiente que nos situó en el primer paso de alta montaña del camino, Kamba-La.
Habíamos ascendido hasta los 4800 metros sobre el nivel del mar. Poco antes, había amanecido y la luz casi horizontal del sol creaba paisajes alucinantes.
Desde arriba podemos divisar el gran lago Yamdrok, uno de los lagos sagrados del Tíbet. Es como un oasis en el desierto a 4400 metros de altura.
Proseguimos camino descendiendo una pronunciada pendiente y transcurrieron muchos kilómetros hasta que por fin conseguimos rodear el gran lago. No podía hacer otra cosa que mirar por la ventana, y no sólo por el impresionante paisaje que se formaba tras los cristales, sino que también miraba con angustia el cielo. Ese cielo claro, clarísimo, con algunas nubes. ¡Bien! ¡Muy bien! No queríamos nubes. Las nubes tapan y esta vez necesitábamos que, a casi nueve mil metros sobre el nivel del mar, todo estuviera despejado.
De nuevo la carretera se retorcía y ascendía, hasta llegar a un punto donde ya el aire que respirábamos era tan liviano, que casi ni se percibía. Estábamos sobrepasando los 5560m. justo en el paso de Karo-La, junto a un inmenso glaciar del mismo nombre.
Al poner los pies en tierra, un leve mareo avisaba de que no debíamos hacer movimientos bruscos. Pudimos pasear y hacer algunas fotos, mientras algunos tibetanos nos ofrecían artículos para comprar e incluso algún cristal y fósil proveniente de la montaña.
Estuvimos allí varios minutos alucinando con las vistas del glaciar que, a pesar de estar en mayo y no haber demasiada nieve, lucía impresionante.
Poco después nos detuvimos en otra zona alta donde pudimos fotografiar un lago artificial creado por una presa hidráulica. Allí algunos tibetanos te ofrecían, por el módico precio de 10 yuanes, colocar una ristra de banderolas en la montaña para conseguir ‘buena suerte’. Decidimos aceptar el ofrecimiento y nuestras ‘plegarias’ quedaron ubicadas en la montaña.
Proseguimos camino descendiendo de nuevo a cotas más cómodas, sobre los 3900m. El aún joven río Brahmaputha, al que aún le quedan varios miles de kilómetros hasta su desembocadura en el delta del Ganges, en Bangladesh, nos acompaña durante parte del camino.
Enfilamos una árida y extensa llanura altiplánica dirección Gyantse, infinidad de casas de estilo tibetano adornan el paisaje.
Al fondo, ya se avistaba en la distancia su antigua muralla en la cima de la montaña y la fortaleza que defendía el Monasterio Palcho, en cuyos bordes se libró una batalla entre tibetanos e ingleses, que ganaron estos últimos. Aquí nos detuvimos para comer y visitar este monasterio.
Monasterio de Palcho
Este monasterio es increíble, tiene la estupa más importante de todo Tíbet, con 108 capillas repartidas en cuatro pisos.
La subida a cada piso cada vez en más difícil, escaleras estrechas y empinadas y de barandilla una cuerda, algunos pasillos comunican las salas entre sí, sus paredes están ricamente decoradas con murales de colores y evidentemente numerosas esculturas y relieves de Buda.
La rodea una auténtica ciudad formada por cientos de casas, estrechas callejuelas adoquinadas y multitud de pasillos que comunican las viviendas entre sí.
Hoy en día habitan unos 70 monjes que intentan reconstruir el templo original.
Tras la comida, continuamos camino hasta Shigatse, que es la segunda ciudad más importante de Tíbet. Aquí visitamos el monasterio de Tashihunpo.
Monasterio de Tashihunpo
Aquí se encuentra la imponente estatua gigante de Buda, la más grande del mundo con 26,2m. de altura y 11,5m. de anchura.
Tiene una gran plaza central a modo de patio desde la cual se divisan muchos de los aposentos de los monjes.
De nuevo en el interior, mantequilla de yack para las velas e infinidad de donaciones, a parte de dinero, la gente pobre dona cualquier cosa, desde frutas hasta bolígrafos.
La indumentaria de los monjes es la de siempre, pero en esta zona el calzado en singular.
La sorpresa final llegó cuando nos dirigimos a nuestro hotel. Se trataba de un flamante hotelazo de 4 estrellas en el que los chinos ubican a los turistas, un hotel con todas las comodidades imaginables, más aún para nosotros, que ya llevamos 5 meses de ‘mochileros’ por Asia.
A la mañana siguiente y con el mismo pronóstico de cielos claros que el día anterior, comenzamos la segunda etapa. Los paisajes no hacían sino mejorar. Aumentaban los montes y los picos mientras cruzábamos los 5248m. del paso de Gyatso-La, entrábamos en el parque nacional de Qomolangma.
Qomolangma es el nombre tibetano que recibe el monte Everest, mientras que en Nepal es conocido como Sagarmatha. Como podréis imaginar, estos nombres son anteriores al momento en que a un general inglés le diese por rebautizar a la montaña en honor a Sir George Everest, un topógrafo inglés afincado en la India en la época de la colonización, por lo que el nombre de Everest siempre ha sigo ignorado (y con razón) tanto por tibetanos como por nepalíes.
Al subir de nuevo al coche, sabíamos que ya quedaban pocos kilómetros para acercarnos al punto del camino en que podríamos (si había suerte) divisar el Everest, de hecho el primer contacto fue a través de un cartel que anunciaba el desvío hacia el campamento base, ya estábamos más cerca.
De pronto, del horizonte surgió la montaña más alta del mundo, mejor dicho, el techo del mundo.
Tenemos muchísima suerte, son muy pocos los días al año en que las nubes permiten ver este coloso desde tanta distancia, pues nos encontramos a unos 80 kilómetros de su base en línea recta. Nuestro guía no dejó de insistirnos de la suerte que teníamos, pues eran muchas las personas que se habían ido sin poder avistarlo de entre las nubes. Veíamos incluso como el viento levantaba enormes cortinas de nieve en polvo desde su cima. Al estar relativamente aislada de otras grandes montañas vecinas, su presencia es mucho más impresionante. ¡Prueba superada! Hemos podido divisar con nuestros propios ojos la cima del mundo, 8.848m.
A continuación hicimos una parada para comer en un curioso restaurante tibetano de carretera, en el medio de la sala los fogones y todos los asientos a su alrededor.
Tras el acopio de energías, pudimos hacer nuevas fotos al Everest, pues todavía es visible durante algunos kilómetros más.
Los paisajes cobraron una dimensión alucinante. La luz y el color del cielo hacían el resto….
Afrontamos un nuevo tramo de meseta altiplánica donde nos encontramos con un imprevisto, había unas obras en la calzada y tuvimos que detenernos durante una hora al sol.
Mientras nuestro guía y chófer se acercaron a informarse del tiempo de espera, una parejita de ancianos, que llegaron montados en un carro tirado por un burro, nos pidieron algo de comida, les dimos unas manzanas y nos lo agradecieron con sus bendiciones.
Para el final de la etapa nos esperaba aún una nueva sorpresa. Mientras ascendíamos por enésima vez, nos acercábamos a una impresionante cresta de montañas. Nos detuvimos a 5100m. de altura, en el paso de Tong-La, entre los 7367m. del Monte Labchi y los 8012m. del Shishapangma. Somos unos afortunados, no todo el mundo puede ver dos ‘ochomiles’ en una misma tarde.
Comienza la montaña rusa que es la bajada por carretera hasta Zhangmu. El descenso es vertiginoso, grandes acantilados a pie de carretera y un desnivel muy pronunciado. En poco más de una hora, descendemos desde los 5000m. hasta una altitud de sólo 2000. Según desciendes, se va ganando oxígeno y la vegetación va cobrando protagonismo; primero arbustos, después pequeños árboles y casi al final del camino ya estamos rodeados de pinos y bosque, en el fondo de la garganta el curso de un nuevo río.
Zhangmu es una ciudad encajada en la montaña, tan sólo es una calle que coincide con la carretera que desciende el valle. Estamos a sólo 5 kilómetros de la frontera de Nepal, mañana entraremos en un nuevo país.
La altitud de Lhasa nos ha jugado una mala pasada y hemos tenido dificultades para conciliar el sueño durante la noche, no obstante, a las 6 de la mañana ya estábamos subidos al coche con nuestro guía tibetano y el conductor.
La ruta consta de dos grandes etapas. En la primera, salimos muy temprano de Lhasa y recorreremos cerca de 400Km. hasta la ciudad de Shigatse, aquí pernoctamos. En la segunda etapa, debemos llegar hasta la ciudad de Zhangmu, ya muy cerca de la frontera nepalí.
Nada más salir, de aún una dormida Lhasa, comenzamos a ascender una fuerte pendiente que nos situó en el primer paso de alta montaña del camino, Kamba-La.
Habíamos ascendido hasta los 4800 metros sobre el nivel del mar. Poco antes, había amanecido y la luz casi horizontal del sol creaba paisajes alucinantes.
Desde arriba podemos divisar el gran lago Yamdrok, uno de los lagos sagrados del Tíbet. Es como un oasis en el desierto a 4400 metros de altura.
Proseguimos camino descendiendo una pronunciada pendiente y transcurrieron muchos kilómetros hasta que por fin conseguimos rodear el gran lago. No podía hacer otra cosa que mirar por la ventana, y no sólo por el impresionante paisaje que se formaba tras los cristales, sino que también miraba con angustia el cielo. Ese cielo claro, clarísimo, con algunas nubes. ¡Bien! ¡Muy bien! No queríamos nubes. Las nubes tapan y esta vez necesitábamos que, a casi nueve mil metros sobre el nivel del mar, todo estuviera despejado.
De nuevo la carretera se retorcía y ascendía, hasta llegar a un punto donde ya el aire que respirábamos era tan liviano, que casi ni se percibía. Estábamos sobrepasando los 5560m. justo en el paso de Karo-La, junto a un inmenso glaciar del mismo nombre.
Al poner los pies en tierra, un leve mareo avisaba de que no debíamos hacer movimientos bruscos. Pudimos pasear y hacer algunas fotos, mientras algunos tibetanos nos ofrecían artículos para comprar e incluso algún cristal y fósil proveniente de la montaña.
Estuvimos allí varios minutos alucinando con las vistas del glaciar que, a pesar de estar en mayo y no haber demasiada nieve, lucía impresionante.
Poco después nos detuvimos en otra zona alta donde pudimos fotografiar un lago artificial creado por una presa hidráulica. Allí algunos tibetanos te ofrecían, por el módico precio de 10 yuanes, colocar una ristra de banderolas en la montaña para conseguir ‘buena suerte’. Decidimos aceptar el ofrecimiento y nuestras ‘plegarias’ quedaron ubicadas en la montaña.
Proseguimos camino descendiendo de nuevo a cotas más cómodas, sobre los 3900m. El aún joven río Brahmaputha, al que aún le quedan varios miles de kilómetros hasta su desembocadura en el delta del Ganges, en Bangladesh, nos acompaña durante parte del camino.
Enfilamos una árida y extensa llanura altiplánica dirección Gyantse, infinidad de casas de estilo tibetano adornan el paisaje.
Al fondo, ya se avistaba en la distancia su antigua muralla en la cima de la montaña y la fortaleza que defendía el Monasterio Palcho, en cuyos bordes se libró una batalla entre tibetanos e ingleses, que ganaron estos últimos. Aquí nos detuvimos para comer y visitar este monasterio.
Monasterio de Palcho
Este monasterio es increíble, tiene la estupa más importante de todo Tíbet, con 108 capillas repartidas en cuatro pisos.
La subida a cada piso cada vez en más difícil, escaleras estrechas y empinadas y de barandilla una cuerda, algunos pasillos comunican las salas entre sí, sus paredes están ricamente decoradas con murales de colores y evidentemente numerosas esculturas y relieves de Buda.
La rodea una auténtica ciudad formada por cientos de casas, estrechas callejuelas adoquinadas y multitud de pasillos que comunican las viviendas entre sí.
Hoy en día habitan unos 70 monjes que intentan reconstruir el templo original.
Tras la comida, continuamos camino hasta Shigatse, que es la segunda ciudad más importante de Tíbet. Aquí visitamos el monasterio de Tashihunpo.
Monasterio de Tashihunpo
Aquí se encuentra la imponente estatua gigante de Buda, la más grande del mundo con 26,2m. de altura y 11,5m. de anchura.
Tiene una gran plaza central a modo de patio desde la cual se divisan muchos de los aposentos de los monjes.
De nuevo en el interior, mantequilla de yack para las velas e infinidad de donaciones, a parte de dinero, la gente pobre dona cualquier cosa, desde frutas hasta bolígrafos.
La indumentaria de los monjes es la de siempre, pero en esta zona el calzado en singular.
La sorpresa final llegó cuando nos dirigimos a nuestro hotel. Se trataba de un flamante hotelazo de 4 estrellas en el que los chinos ubican a los turistas, un hotel con todas las comodidades imaginables, más aún para nosotros, que ya llevamos 5 meses de ‘mochileros’ por Asia.
A la mañana siguiente y con el mismo pronóstico de cielos claros que el día anterior, comenzamos la segunda etapa. Los paisajes no hacían sino mejorar. Aumentaban los montes y los picos mientras cruzábamos los 5248m. del paso de Gyatso-La, entrábamos en el parque nacional de Qomolangma.
Qomolangma es el nombre tibetano que recibe el monte Everest, mientras que en Nepal es conocido como Sagarmatha. Como podréis imaginar, estos nombres son anteriores al momento en que a un general inglés le diese por rebautizar a la montaña en honor a Sir George Everest, un topógrafo inglés afincado en la India en la época de la colonización, por lo que el nombre de Everest siempre ha sigo ignorado (y con razón) tanto por tibetanos como por nepalíes.
Al subir de nuevo al coche, sabíamos que ya quedaban pocos kilómetros para acercarnos al punto del camino en que podríamos (si había suerte) divisar el Everest, de hecho el primer contacto fue a través de un cartel que anunciaba el desvío hacia el campamento base, ya estábamos más cerca.
De pronto, del horizonte surgió la montaña más alta del mundo, mejor dicho, el techo del mundo.
Tenemos muchísima suerte, son muy pocos los días al año en que las nubes permiten ver este coloso desde tanta distancia, pues nos encontramos a unos 80 kilómetros de su base en línea recta. Nuestro guía no dejó de insistirnos de la suerte que teníamos, pues eran muchas las personas que se habían ido sin poder avistarlo de entre las nubes. Veíamos incluso como el viento levantaba enormes cortinas de nieve en polvo desde su cima. Al estar relativamente aislada de otras grandes montañas vecinas, su presencia es mucho más impresionante. ¡Prueba superada! Hemos podido divisar con nuestros propios ojos la cima del mundo, 8.848m.
A continuación hicimos una parada para comer en un curioso restaurante tibetano de carretera, en el medio de la sala los fogones y todos los asientos a su alrededor.
Tras el acopio de energías, pudimos hacer nuevas fotos al Everest, pues todavía es visible durante algunos kilómetros más.
Los paisajes cobraron una dimensión alucinante. La luz y el color del cielo hacían el resto….
Afrontamos un nuevo tramo de meseta altiplánica donde nos encontramos con un imprevisto, había unas obras en la calzada y tuvimos que detenernos durante una hora al sol.
Mientras nuestro guía y chófer se acercaron a informarse del tiempo de espera, una parejita de ancianos, que llegaron montados en un carro tirado por un burro, nos pidieron algo de comida, les dimos unas manzanas y nos lo agradecieron con sus bendiciones.
Para el final de la etapa nos esperaba aún una nueva sorpresa. Mientras ascendíamos por enésima vez, nos acercábamos a una impresionante cresta de montañas. Nos detuvimos a 5100m. de altura, en el paso de Tong-La, entre los 7367m. del Monte Labchi y los 8012m. del Shishapangma. Somos unos afortunados, no todo el mundo puede ver dos ‘ochomiles’ en una misma tarde.
Comienza la montaña rusa que es la bajada por carretera hasta Zhangmu. El descenso es vertiginoso, grandes acantilados a pie de carretera y un desnivel muy pronunciado. En poco más de una hora, descendemos desde los 5000m. hasta una altitud de sólo 2000. Según desciendes, se va ganando oxígeno y la vegetación va cobrando protagonismo; primero arbustos, después pequeños árboles y casi al final del camino ya estamos rodeados de pinos y bosque, en el fondo de la garganta el curso de un nuevo río.
Zhangmu es una ciudad encajada en la montaña, tan sólo es una calle que coincide con la carretera que desciende el valle. Estamos a sólo 5 kilómetros de la frontera de Nepal, mañana entraremos en un nuevo país.
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