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domingo, 15 de mayo de 2011

Kodari

Por fin nos hallábamos ante la frontera nepalí. Este último trámite aduanero fue muy pesado, pues la burocracia china exige exámenes minuciosos de los equipajes, incluso saliendo por frontera terrestre. Kodari es el único paso fronterizo entre China y Nepal y cada mañana llegan turistas y lugareños para cruzar de un lado al otro.


La diferencia horaria entre ambos países es de 1:45h, por lo que tuvimos que esperar casi una hora hasta el momento en que los nepalíes abrieron su frontera. De repente, aparecen en formación y desfilando todos los policías chinos para colocarse en sus puestos de trabajo. Los allí presentes hicimos una fila con muestros bultos. Nuevamente esperamos turno para que nos revisasen los equipajes. En el registro les interesan los libros y lo único que les sorprende es una guía de Vietnam de Lonely Planet, la miran y la requetemiran, pensábamos que por algún motivo nos la iban a requisar. Finalmente la policía nos pregunta dónde está ‘ese país’ y si nosotros éramos vietnamitas, la cara que puso Myriam fue para grabarla en vídeo. Finalmente recuperamos nuestra guía, recogemos nuestros macutos y nos estampan el sello de salida, ya estábamos legalmente fuera de China.

Al despedirnos de nuestro guía, que se aseguró de que salíamos correctamente del país, le pedimos si nos podía devolver el permiso de Tíbet, permiso que habíamos pagado, recibimos un NO rotundo, pues el permiso debe quedarse en China.

Fuera del control policial hay que cruzar a pie un pequeño puente sobre el río que separa ambos países, el puente de la amistad, que no se permita fotografiar. En su centro una línea roja delimita la frontera real, donde dos militares chinos hacen guardia pegados a ella, pero sin llegar a pisarla. Son los últimos militares chinos que veremos, una sensación de alivio nos recorre de arriba abajo..."somos libres" jejjjeje.

Al otro lado de la línea comienza el caos, se terminó el orden y la disciplina. Basuras en la orilla nepalí anunciaban que entrábamos en otro mundo.... ¿será igual que la India?, nos preguntábamos... por suerte, no es así.

Caminamos unos metros hasta llegar al puesto policial donde se tramitan los visados. La oficina podría confundirse con una tasca, tras rellenar formularios y pagar 40$ por cabeza ya estamos en Nepal, ahora toca llegar a Kathmandú, su capital.

Al ser domingo parece que los autobuses públicos no prestan servicio, con lo cual nos toca caminar hasta una explanada donde algunos Jeep 4x4 hacen el trayecto de descenso hasta Kathmandú. Nos subimos a uno que ya iba medio lleno, junto con tres chinos, dos nepalíes y una señora, creemos que alemana. Se paga a la llegada y en moneda china, 100 Yuanes por cabeza (unos 11€). Te dan el precio en Yuanes porque saben que aún no tienes rupias nepalíes, de todos modos es barato, son casi 120Km. y se tardan unas 4 ó 5 horas.

Pronto nos dimos cuenta que habíamos acertado, los dos chicos nepalíes son unos cachondos, la alemana una 'friki budista' y el chófer un tío encantador que nos iba parando por el camino para ver algunas cosas interesantes, hacer algunas fotos, descansar o bien tomar algo...


Desde la frontera hasta Kathmandú hay varios puestos de control policial. En el primero nos solicitaron a todos los pasaportes, pero curiosamente los nuestros ni los miaron. Más tarde pasamos por otros en los que sólo requerían la documentación a los tres chinos. Parece ser que por aquí no los quieren ni en pintura y así les tocan las narices un poquito... Se pasaron todo el viaje con los pasaportes en la boca y un poco mosqueados, mientras a nosotros sólo nos decían: welcome to Nepal!! Con esto, pagan justos por pecadores, pero debo reconocer que una maléfica sonrisa delataba nuestra alegría... ¡¡¡A joderse toca chinorris!!!

Paramos junto a un enorme puente colgante en la garganta de un río de montaña. Allí un grupo de colgados, nunca mejor dicho, se divertían haciendo ‘bungy jumping’. La caída debía tener sobre los 150 metros de altura. Hay que tenerlos bien puestos.


Paramos a comer y el calor era insoportable, hemos descendido y estamos ya a unos 1200 metros sobre el nivel del mar. El resto del viaje transcurre por la misma carretera sinuosa, bacheada y en mal estado, hay que ir esquivando a los peatones que también caminan por la misma calzada, si es que se le puede llamar así. Los paisajes y las gentes que vemos en el camino nos recuerdan a la India, excepto en la orografía del terreno.




Ya próximos a Kathmandú y con los culos cuadrados del traqueteo, nos encontramos con algo parecido a un piquete de huelga cortando la carretera. Parece que Nepal lleva unos cinco años esperando que escriban la nueva constitución. Los ciudadanos quieren legitimizar el resultado de las últimas elecciones y los dirigentes no cumplen con sus obligaciones.

Día si y día no, cortan los accesos a las principales ciudades durante horas, y hoy tocaba lío. Nos pararon el coche y se acercaron a nosotros, llevábamos un cartel que decía ONLY TOURIST, pues el resto de vehículos que trataban de acceder a la ciudad, allí mismo tenía que quedarse. Portaban herramientas y palos en las manos, pero nuestro chófer estaba muy tranquilo. Sorprendentemente, después de asomarse al interior del jeep y confirmar que éramos turistas, nos preguntaron cual era nuestra procedencia, sin más que hablar nos dieron la bienvenida con una sonrisa en la cara y nos desearon suerte en Nepal, hicieron un hueco y nos dejaron pasar sin problemas. Los tres chinos, por si acaso, escondían la cabeza. Nuestro chófer y los dos nepalíes, nos explicaron que su pueblo respeta a los turistas y que saben que sus problemas locales no van con nosotros, son internos.

Finalmente llegamos a Kathmandú tras casi 5 horas de viaje. Estábamos en mitad de una ciudad caótica y desordenada, al más puro estilo hindú, pero sin vacas ni tanta mierda. Esta todo muy viejo y destartalado y el tráfico es demencial, pero se palpa algo especial, es una ciudad con muchísima vida.


Faltaba la última sorpresa agradable, el chófer nos acercó hasta la misma puerta de nuestra gesthouse, en el barrio de Thamel, en el mismo centro de la ciudad. Estos detalles son los que te hacen empezar con buen pie.

viernes, 1 de abril de 2011

Chau Doc

Para cruzar la frontera y seguir fieles a nuestras costumbres, hemos decidido hacerlo continuando el descenso del río Mekong.

Subimos a bordo de una lancha en Phnom Penh que nos lleva hasta los puestos fronterizos. En mitad de camino cambiamos de lancha, dejamos la camboyana y cambiamos a la vietnamita.



Después de 5 horas descendiendo el río y flipando con su tremenda anchura (hay zonas de más de 2Km. de orilla a orilla), por fin hemos avistado tierras vietnamitas.


Nuestro destino es el pueblo pesquero de Chau Doc, situado en uno de los múltiples brazos en los que se divide el Mekong a su entrada en Vietnam, formando un enorme delta que riega toda la zona sur del país.




La ciudad es pequeña, pero tremendamente activa y llena de vida. A ambas orillas del curso fluvial hay palafitos (casas elevadas sobre el río) y el trasiego de embarcaciones es continuo. El agua está repleta de enormes plantas verdes como nenúfares, y dejan ver perfectamente la corriente del río.




Nos alojamos cerca del mercado central, un lugar repleto de comercios y donde los turistas occidentales somos una rareza. El pescado tiene un protagonismo especial. El calor aquí es sofocante, parecido al de Bangkok pero con más humedad.




Una curiosidad de esta ciudad son las ‘casas flotantes’. Son casas de pescadores sobre plataformas de madera y a su vez sobre bidones vacíos a modo de flotadores. Hay cientos o miles de ellas repartidas por el río.



También hay granjas de pescadores, ‘piscifactorías’ de las que se nutre de pescado fresco el mercado central, decimos fresco por que los peces que venden en él están vivitos y coleando dentro de grandes palanganas, si lo quieres comprar le dan un mamporro en la cabeza, te lo despellejan y ya tienes tu pescadito fresco…

Otra cosa que nos ha sorprendido es la escritura, está basada en el alfabeto latino. Tienen signos diacríticos para distinguir entre sonidos y tonos, herencia de su pasado colonial y de los franceses. Lo que obtienen es una representación de sus sonidos vietnamitas, pero escritos con nuestro alfabeto. Vamos un lío…. En definitiva, aunque creas poder leerlo, no te enteras de nada.

La cantidad de motocicletas de esta ciudad es espectacular, miles y miles, pero la gran mayoría se protege con el casco, aunque son curiosos, pues les ponen unas fundas a modo de pamelas, gorras o diseños de pedrería.




Tiene un paseo fluvial muy organizado: verde, limpio y muy bien cuidado, desde el que tienes una visión del río privilegiada, puedes pasar horas observando la rutina de estas gentes. Al caer la tarde muchísimas personas hacen ejercicio y los jóvenes practican en grupo las artes marciales.





Esta localidad todavía no ha perdido su identidad, ya que no está dentro de ninguno de los circuitos turísticos, pero ha sido muy agradable pasar un par de días en ella.




La tendencia al pijaming que descubrimos en Camboya, aquí si cabe es mucho más acusada. Prometemos nuevas entregas.

A pesar de lo que nos habían dicho viajeros que nos hemos encontrado respecto a la desagradable actitud de los vietnamitas con los occidentales, todavía no hemos tenido ningún problema. Ya veremos que pasa según vayamos subiendo al norte.

jueves, 24 de marzo de 2011

Kompong Khleang

Llegamos a la frontera de Laos con Camboya. Una vez allí pudimos sufrir la burocracia asiática.

Para salir de Laos tuvimos que pagar y para entrar en Camboya, tuvimos que caminar 500m. bajo el sol hasta el primer control camboyano donde pagas 1$ para que te tomen la temperatura. ¡Habéis leído bien! Una vez comprobado que no tienes fiebre, pasas al segundo control y pagas 23$ por el visado. Por último, en el tercer control vuelves a pagar otro dólar para que te estampen el sello de entrada.

Como veis, se trata de recaudar el máximo, tres controles a las personas, ninguno para el equipaje. Moraleja: los turistas son tontos y ricos.

Cuando volvemos al autobús, nos damos cuenta que viajamos pasajeros para dos destinos diferentes. No lo comprendemos muy bien, pues ambos destinos no están en la misma dirección. Al pasar las horas pudimos descifrar el enigma. Los que viajamos hacia Siem Reap cambiamos de autobús tras hacer kilómetros que no nos tocaban. Todo esto lo hacen para ahorrarse un bus y además asegurarse de que llegamos a las tantas y así ellos te ayudan a buscar alojamiento. Sospechosamente, a 1Km. del destino al autobús se le agotó el combustible, en medio de la carretera y delante de una megadiscoteca donde los colegas taxistas esperaban con los tuk-tuks. El plan estaba claro, negocio para los amigos, comisión al bolsillo y ellos de juerga.

Nos acomodamos en un buen hotel y por la mañana al ver que el día pintaba nuboso decidimos cambiar de planes.

Camboya es un país curioso, para empezar la moneda local es secundaria, aquí todo se paga en dólares. De hecho los cajeros automáticos expenden sólo dólares. Nos sorprendió bastante, sólo vemos los billetes locales, los rieles, cuando tienen que dar cambio de 1$.

Como esta es una ciudad sin mucha personalidad, creada por y para dar servicio a los miles de turistas que visitan Angkor, decidimos irnos a ver los pueblos locales que rodean el gran lago.

Tonle Sap Lake


Este es el lago de agua dulce más grande de toda Indochina y ocupa una buena parte del terreno de Camboya. En época de lluvias es totalmente navegable ya que el exceso de agua del Mekong lo ayuda a crecer considerablemente. Alrededor de este gran lago existen pequeños y numerosos pueblos y aldeas de pescadores.

Kompong Khleang

Contratamos un tuk-tuk, pues el pueblo se encuentra a unos 35Km. al este de la ciudad de Siem Reap. Llegamos a una especie de embarcadero donde además tuvimos que contratar un bote.


Nuestra sorpresa fue cuando Men, el patrón, nos lleva hasta su bote. Se trataba de un barco de paseo de unos 8m. de eslora donde éramos los únicos ocupantes, es un pueblo un poco apartado y por aquí no se acercan muchos turistas.

Al estar en época seca, para salir al lago abierto hay que atravesar un largo canal escaso de agua, estrecho, sinuoso y atestado de botes.



A ambos lados del canal se extiende el pueblo. Se trata de un entramado de casas muy humildes construidas con maderas y paja, todas ellas elevadas sobre pilotes, algunas alcanzan hasta 10m. de altura, pues están ubicadas en zona inundable. En esta estación las escaleras son interminables.





Durante el recorrido pudimos ver el estilo de vida de estas gentes. Todo gira en torno a la pesca y al cultivo de arroz.



El agua es muy turbia pero a pesar de ello, algunos chicos pescaban con sus redes, otros arreglaban sus embarcaciones o motores y las mujeres ponían a secar unas gambas de diminuto tamaño. También tienen animales de granja, sobretodo cerdos y gallinas. Una excavadora que trataba de hacer más hondo el canal era usada por los niños como improvisado trampolín.





Durante el camino algunos nos saludaban amablemente, pero en general detectábamos cierta tristeza en sus miradas. Los pueblos pesqueros siempre los hemos conocido con mucha vitalidad, pero este parecía como ralentizado.



Justo cuando el canal se ensancha podemos contemplar a ambos lados un espeso bosque muy verde.



Cuando llegamos al lago la visión era increíble. La vista no llegaba a tocar tierra. Nos preguntamos: ¿Cómo será esto en época de lluvias?



Hay cientos de familias que tienen sus viviendas en el mismo lago. Tienen estructuras de madera a modo de piscifactorías. Son muy curiosas.



El silencio es total, sólo se rompe por los motores de las barcas. Todos están faenando, de una manera o de otra y nosotros... de paseo.


De regreso le pedimos al patrón que nos dejara bajar del barco y así poder visitar el centro del pueblo que resultó ser una calle de tierra, suponemos que en la estación lluviosa esta calle debe ser navegable.


De nuevo en el bote y ya en la zona virada, el patrón le cedió el volante a Ángel y él, con cautela nos llevó hasta el embarcadero inicial. Toda una experiencia.