Continuamos adentrándonos en del delta del Mekong camino de Can Tho. Para ello hemos contratado un pequeño ‘paquete turístico’ de tres días que nos llevará hasta Saigón.
Muy tempranito tomamos un nuevo bote que hizo una breve parada en una de las granjas piscifactorías que abundan por aquí, de hecho, todas las casas flotantes tiene su propia pecera de unos 5m de profundidad bajo el suelo del salón. Allí nos mostraron como crían a los peces para su posterior consumo. Los alimentan con una especie de pienso y cuando se lo echan ¡acojona!, porque salen cientos de peces a devorarlo. No son pirañas, pero lo parecían. ¡Cuánta hambre deben de pasar los bichos estos!
Después cambiamos a un barco mayor, con todas las comodidades y descendimos el río hasta un punto en el que ya debíamos seguir en autobús, por suerte con aire acondicionado. El calor es insoportable a pesar de que aún no hemos visto el sol, tenemos una bruma continua desde hace días.
Al llegar a Can Tho, ¡sorpresa!… La primera noche debíamos dormir en una Homestay, la casa de una familia vietnamita donde conviviríamos con ellos un día completo. Digo sorpresa, porque nos vinieron a buscar dos motocicletas para llevaros allí. Imaginaos, en cada moto el conductor con el macuto entre sus piernas (sujetándolo con las rodillas) y nosotros sentados detrás. Iban rapidito sorteando motos y baches durante unos 5 kilómetros hasta llegar al destino, el cual estaba en un paraje alucinante junto a uno de los canales del delta y literalmente dentro de la jungla.
Por fin llegamos, sanos y salvos, aunque a mi me faltó poco para jiñarme encima. No me gustan las motos, que le vamos a hacer.
La casa era enorme, y por allí pululaban los hijos del dueño, la abuela y más gente que no logramos ubicar.
Exploramos la zona durante varias horas. Decenas de niños salían a nuestro paso…hello! hello!... De repente aparecen tres y Myriam les pregunta sus nombres… Ellos dicen llamarse ‘Nyun’, ‘Bom’’, y ‘Gñam’, o al menos así sonaba…. Alucinante. Para los padres de los niños, los turistas somos algo así como un divertimento o atracción, nos los acercan para que les hagamos monerías, fotos o que les cojamos en brazos. Myriam está en su salsa, yo pienso en el mítico Herodes…
Abuelos, señoras con pijama, perros, gallinas, gallos, bicicletas y más motos circulaban por el pequeño camino que comunica todo aquel entramado de aldeas que forman este pueblecito. Alguna que otra araña del tamaño de la palma de una mano también se deja ver. La temperatura no baja ni para dios.
La jungla es espesa, palmeras y más palmeras, bananeros y todo tipo de árboles frutales. Es como en las películas, todo verde.
En este pueblo tienen una costumbre que nos asombra, tiene en el jardín el féretro enterrado de sus antepasados y en algunos casos tienen preparado el hueco para el del cónyuge.
Muertos de hambre regresamos a la casa, donde también aguardaba la cena un señor de San Diego, que chapurreaba portugués y 5 coreanas frikis con las que compartimos mesa y mantel.
La cena, espectacular… Lo mejor del día. Cenamos rollitos vietnamitas rellenos de pescado y verduras, hechos por nosotros mismos.
Durante la cena y debido a la tormenta, se fue la luz. Terminamos cenando con linternas. Con la oscuridad pudimos ver volar a las luciérnagas, se acercaban a nosotros e incluso se posaban en la mesa. Parecía que ellas jugaban con nosotros.
A la mañana siguiente ‘madrugón padre’, a las 6 en marcha… Toca visita a la parte principal de la aldea, situada al otro lado del canal. Cruzamos en bote, a esto se dedican muchas mujeres, y visitamos un pequeño pero animado mercado. Después nos acercamos al colegio, donde los niños comenzaban a llegar, mientras unos jugaban a las canicas y otros desayunaban.
De regreso a la casa, el desayuno, despedida de nuestros anfitriones y de nuevo en moto-kamikaze a la ciudad para volver a tomar un bote con el que visitaríamos el mercado flotante que, cada mañana, se llena de botes-tienda en este brazo del río.
Es curioso como se te acerca un bote y te ofrecen café, bananas, pastitas o fruta, allí mismo te lo preparan todo.
El resto de visitas no fueron muy interesantes; una fabrica de arroz y otra de fideos. Lo mejor de todo es que de camino entramos en un bar y nos encontramos con esta sorpresa.
Una vez libres visitamos el centro de la ciudad. Ong Temple: curioso templo chino dedicado al Dios de la fortuna y lleno de espirales de sándalo y ornamentado hasta la extenuación.
Un gran parque en la orilla del río donde se alza una gran estatua en honor a Ho Chi Minh.
Y mañana nos vamos a Saigón....
Descubrir algunos paises de Asia era algo que teníamos pendiente. El destino ha querido que podamos cumplir este objetivo. ¡Año nuevo, vida nueva!
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lunes, 4 de abril de 2011
viernes, 1 de abril de 2011
Chau Doc
Para cruzar la frontera y seguir fieles a nuestras costumbres, hemos decidido hacerlo continuando el descenso del río Mekong.
Subimos a bordo de una lancha en Phnom Penh que nos lleva hasta los puestos fronterizos. En mitad de camino cambiamos de lancha, dejamos la camboyana y cambiamos a la vietnamita.
Después de 5 horas descendiendo el río y flipando con su tremenda anchura (hay zonas de más de 2Km. de orilla a orilla), por fin hemos avistado tierras vietnamitas.
Nuestro destino es el pueblo pesquero de Chau Doc, situado en uno de los múltiples brazos en los que se divide el Mekong a su entrada en Vietnam, formando un enorme delta que riega toda la zona sur del país.
La ciudad es pequeña, pero tremendamente activa y llena de vida. A ambas orillas del curso fluvial hay palafitos (casas elevadas sobre el río) y el trasiego de embarcaciones es continuo. El agua está repleta de enormes plantas verdes como nenúfares, y dejan ver perfectamente la corriente del río.
Nos alojamos cerca del mercado central, un lugar repleto de comercios y donde los turistas occidentales somos una rareza. El pescado tiene un protagonismo especial. El calor aquí es sofocante, parecido al de Bangkok pero con más humedad.
Una curiosidad de esta ciudad son las ‘casas flotantes’. Son casas de pescadores sobre plataformas de madera y a su vez sobre bidones vacíos a modo de flotadores. Hay cientos o miles de ellas repartidas por el río.
También hay granjas de pescadores, ‘piscifactorías’ de las que se nutre de pescado fresco el mercado central, decimos fresco por que los peces que venden en él están vivitos y coleando dentro de grandes palanganas, si lo quieres comprar le dan un mamporro en la cabeza, te lo despellejan y ya tienes tu pescadito fresco…
Otra cosa que nos ha sorprendido es la escritura, está basada en el alfabeto latino. Tienen signos diacríticos para distinguir entre sonidos y tonos, herencia de su pasado colonial y de los franceses. Lo que obtienen es una representación de sus sonidos vietnamitas, pero escritos con nuestro alfabeto. Vamos un lío…. En definitiva, aunque creas poder leerlo, no te enteras de nada.
La cantidad de motocicletas de esta ciudad es espectacular, miles y miles, pero la gran mayoría se protege con el casco, aunque son curiosos, pues les ponen unas fundas a modo de pamelas, gorras o diseños de pedrería.
Tiene un paseo fluvial muy organizado: verde, limpio y muy bien cuidado, desde el que tienes una visión del río privilegiada, puedes pasar horas observando la rutina de estas gentes. Al caer la tarde muchísimas personas hacen ejercicio y los jóvenes practican en grupo las artes marciales.
Esta localidad todavía no ha perdido su identidad, ya que no está dentro de ninguno de los circuitos turísticos, pero ha sido muy agradable pasar un par de días en ella.
La tendencia al pijaming que descubrimos en Camboya, aquí si cabe es mucho más acusada. Prometemos nuevas entregas.
A pesar de lo que nos habían dicho viajeros que nos hemos encontrado respecto a la desagradable actitud de los vietnamitas con los occidentales, todavía no hemos tenido ningún problema. Ya veremos que pasa según vayamos subiendo al norte.
Subimos a bordo de una lancha en Phnom Penh que nos lleva hasta los puestos fronterizos. En mitad de camino cambiamos de lancha, dejamos la camboyana y cambiamos a la vietnamita.
Después de 5 horas descendiendo el río y flipando con su tremenda anchura (hay zonas de más de 2Km. de orilla a orilla), por fin hemos avistado tierras vietnamitas.
Nuestro destino es el pueblo pesquero de Chau Doc, situado en uno de los múltiples brazos en los que se divide el Mekong a su entrada en Vietnam, formando un enorme delta que riega toda la zona sur del país.
La ciudad es pequeña, pero tremendamente activa y llena de vida. A ambas orillas del curso fluvial hay palafitos (casas elevadas sobre el río) y el trasiego de embarcaciones es continuo. El agua está repleta de enormes plantas verdes como nenúfares, y dejan ver perfectamente la corriente del río.
Nos alojamos cerca del mercado central, un lugar repleto de comercios y donde los turistas occidentales somos una rareza. El pescado tiene un protagonismo especial. El calor aquí es sofocante, parecido al de Bangkok pero con más humedad.
Una curiosidad de esta ciudad son las ‘casas flotantes’. Son casas de pescadores sobre plataformas de madera y a su vez sobre bidones vacíos a modo de flotadores. Hay cientos o miles de ellas repartidas por el río.
También hay granjas de pescadores, ‘piscifactorías’ de las que se nutre de pescado fresco el mercado central, decimos fresco por que los peces que venden en él están vivitos y coleando dentro de grandes palanganas, si lo quieres comprar le dan un mamporro en la cabeza, te lo despellejan y ya tienes tu pescadito fresco…
Otra cosa que nos ha sorprendido es la escritura, está basada en el alfabeto latino. Tienen signos diacríticos para distinguir entre sonidos y tonos, herencia de su pasado colonial y de los franceses. Lo que obtienen es una representación de sus sonidos vietnamitas, pero escritos con nuestro alfabeto. Vamos un lío…. En definitiva, aunque creas poder leerlo, no te enteras de nada.
La cantidad de motocicletas de esta ciudad es espectacular, miles y miles, pero la gran mayoría se protege con el casco, aunque son curiosos, pues les ponen unas fundas a modo de pamelas, gorras o diseños de pedrería.
Tiene un paseo fluvial muy organizado: verde, limpio y muy bien cuidado, desde el que tienes una visión del río privilegiada, puedes pasar horas observando la rutina de estas gentes. Al caer la tarde muchísimas personas hacen ejercicio y los jóvenes practican en grupo las artes marciales.
Esta localidad todavía no ha perdido su identidad, ya que no está dentro de ninguno de los circuitos turísticos, pero ha sido muy agradable pasar un par de días en ella.
La tendencia al pijaming que descubrimos en Camboya, aquí si cabe es mucho más acusada. Prometemos nuevas entregas.
A pesar de lo que nos habían dicho viajeros que nos hemos encontrado respecto a la desagradable actitud de los vietnamitas con los occidentales, todavía no hemos tenido ningún problema. Ya veremos que pasa según vayamos subiendo al norte.
miércoles, 30 de marzo de 2011
Phnom Phen
Es la capital del país. En ella hemos tenido que agotar el mes de marzo, pues el visado de Vietnam no tiene vigencia hasta el uno de abril.
Geográficamente se halla en una inmensa llanura donde confluyen los ríos Tonlé Sap y Mekong, en este punto la anchura del caudal es de más de 1Km. Lo vamos acompañando desde hace más de 2.000Km. y lo observamos con gran cariño, se ha convertido en nuestro compañero de viaje.
En esta foto se puede distinguir la diferencia de tonalidad en las aguas que confluyen.
Esta es una ciudad con poco color, algo extraña, combina barrios bulliciosos y animados con barrios artificiales de anchas avenidas y de aspecto despoblado, zonas ajardinadas con zonas de cemento en plena construcción, los mejores restaurantes con los chiringuitos más infames, la fruta y verdura más fresca con guisos que os harían perder el apetito durante una semana, lo mejor, sin duda: la población, gente risueña, tranquila y con gran espíritu de superación, teniendo en cuenta su terrible pasado reciente, es de admirar.
Respecto al turismo, todavía no tienen mucha idea ni medios para dar servicio a los turistas, pero parece que lo intentan.
En las zonas más populares cruzar una calle es una actividad de riesgo. Cientos de motos te rodean como abejas. Lo mejor es cruzar y dejar que ellos te esquiven, aunque confesamos que es fácil decirlo.
A pesar de no ser muy interesante, hemos recorrido los lugares más emblemáticos: Wat Phnom, Wat Saravorn, National Museum, Royale Palace, Monumento a la amistad (Camboya-Vietnam).
Mención especial al mercado antiguo. Frente a él se encuentra nuestro hotel. Bajo esos tejadillos, se resguardan del insoportable calor todo tipo de comerciantes; desde peluquerías, pasando por la alimentación y acabando con la joyería. Aquí todo convive normalmente.
Otras cosas a destacar:
El dinero: Fajos de billetes inservibles se amontonan en muchas vitrinas del casco viejo, no entendemos para que los utilizan, pero el caso es que se ven por todas partes.
Pijaming: Hemos denominado así a esta curiosa tendencia camboyana que no sabemos si es algún tipo de tradición popular. Es gracioso ver como muchas mujeres se pasan el día en pijama por la calle. Pijamas de dos piezas, siempre conjuntados; de tela, de raso e incluso con ‘faralais’ y combinado con tacones o zapatillas de felpa. Tienen una gran afición por pasear con sus modelitos nocturnos: la que vende bocadillos, la que va a comprar, la acompañante del motorista, en fin, cualquier persona que os podáis imaginar, os aseguramos que en Camboya es posible hacer cualquier actividad en pijama.
Tuk-tuks: Son un gremio curioso. Calculamos que debe haber 100 vehículos libres por cada turista. Decenas de ellos se amontonan en las puertas de los hoteles. Cuando uno sale a la calle, lo primero que oye es ‘Tuk-Tuk Sir?’ y estás durante unos diez minutos contestando la misma canción: ‘No, Thank you’. Estas breves conversaciones se mantienen mientras tu caminas y el conductor del tuk-tuk está en el asiento apalancado, estirado o incluso durmiendo, sólo levantan un dedo.
Ciclos: Estos tienen mérito. La gran mayoría de sus conductores son de edad avanzada, aunque aquí los aspectos engañan, suelen ser más jóvenes de lo que parecen.
Son unipersonales, pero os aseguramos que pueden ir dos o incluso tres personas. Tienen una sola rueda y frenan estirando de un alambre.
Calles: Todas las calles están numeradas y las más importantes tienen nombre y número.
Tensión baja: Suponemos que el calor ayuda, pero… ¡Joder, es que se quedan dormidos en cualquier sitio!
Para despedirnos os diremos que en cada calle, en cada carretera o camino, nos encontrábamos una y otra vez con este letrero. Finalmente nos vamos de Camboya sin saber dónde está la fiesta.
Geográficamente se halla en una inmensa llanura donde confluyen los ríos Tonlé Sap y Mekong, en este punto la anchura del caudal es de más de 1Km. Lo vamos acompañando desde hace más de 2.000Km. y lo observamos con gran cariño, se ha convertido en nuestro compañero de viaje.
En esta foto se puede distinguir la diferencia de tonalidad en las aguas que confluyen.
Esta es una ciudad con poco color, algo extraña, combina barrios bulliciosos y animados con barrios artificiales de anchas avenidas y de aspecto despoblado, zonas ajardinadas con zonas de cemento en plena construcción, los mejores restaurantes con los chiringuitos más infames, la fruta y verdura más fresca con guisos que os harían perder el apetito durante una semana, lo mejor, sin duda: la población, gente risueña, tranquila y con gran espíritu de superación, teniendo en cuenta su terrible pasado reciente, es de admirar.
Respecto al turismo, todavía no tienen mucha idea ni medios para dar servicio a los turistas, pero parece que lo intentan.
En las zonas más populares cruzar una calle es una actividad de riesgo. Cientos de motos te rodean como abejas. Lo mejor es cruzar y dejar que ellos te esquiven, aunque confesamos que es fácil decirlo.
A pesar de no ser muy interesante, hemos recorrido los lugares más emblemáticos: Wat Phnom, Wat Saravorn, National Museum, Royale Palace, Monumento a la amistad (Camboya-Vietnam).
Mención especial al mercado antiguo. Frente a él se encuentra nuestro hotel. Bajo esos tejadillos, se resguardan del insoportable calor todo tipo de comerciantes; desde peluquerías, pasando por la alimentación y acabando con la joyería. Aquí todo convive normalmente.
Otras cosas a destacar:
El dinero: Fajos de billetes inservibles se amontonan en muchas vitrinas del casco viejo, no entendemos para que los utilizan, pero el caso es que se ven por todas partes.
Pijaming: Hemos denominado así a esta curiosa tendencia camboyana que no sabemos si es algún tipo de tradición popular. Es gracioso ver como muchas mujeres se pasan el día en pijama por la calle. Pijamas de dos piezas, siempre conjuntados; de tela, de raso e incluso con ‘faralais’ y combinado con tacones o zapatillas de felpa. Tienen una gran afición por pasear con sus modelitos nocturnos: la que vende bocadillos, la que va a comprar, la acompañante del motorista, en fin, cualquier persona que os podáis imaginar, os aseguramos que en Camboya es posible hacer cualquier actividad en pijama.
Tuk-tuks: Son un gremio curioso. Calculamos que debe haber 100 vehículos libres por cada turista. Decenas de ellos se amontonan en las puertas de los hoteles. Cuando uno sale a la calle, lo primero que oye es ‘Tuk-Tuk Sir?’ y estás durante unos diez minutos contestando la misma canción: ‘No, Thank you’. Estas breves conversaciones se mantienen mientras tu caminas y el conductor del tuk-tuk está en el asiento apalancado, estirado o incluso durmiendo, sólo levantan un dedo.
Ciclos: Estos tienen mérito. La gran mayoría de sus conductores son de edad avanzada, aunque aquí los aspectos engañan, suelen ser más jóvenes de lo que parecen.
Son unipersonales, pero os aseguramos que pueden ir dos o incluso tres personas. Tienen una sola rueda y frenan estirando de un alambre.
Calles: Todas las calles están numeradas y las más importantes tienen nombre y número.
Tensión baja: Suponemos que el calor ayuda, pero… ¡Joder, es que se quedan dormidos en cualquier sitio!
Para despedirnos os diremos que en cada calle, en cada carretera o camino, nos encontrábamos una y otra vez con este letrero. Finalmente nos vamos de Camboya sin saber dónde está la fiesta.
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